domingo, 16 de agosto de 2015

Ser Dominico




Ser Dominico, es ponerse en camino, es decir, en salida. Es enfrentar el día a día de la vida cotidiana; es ser auténticos, en la verdad y en la creatividad, todo ello marcado por el silencio interior profundo de la oración.

Ser Dominico, es ser Predicador, Guía, Pedagogo en el camino de una sociedad, en donde las personas corren el riesgo de perder su propia identidad y quedar aturdidas ante múltiples voces, que pretenden apocar la vos del Pastor.

Ser Dominico, es ser Hombres y Mujeres que quieren enseñar a vivir; que quieren ayudar a que las personas descubran en el día a día cual es la manera más humana de existir.

Ser Dominico, significa ser testimonio Profético, porque nuestra forma de vivir tiene que denunciar como lo hacen todos los profetas, aquello que va en contra de la vida, la familia y la dignidad Humana.

Ser Dominico, es comprometerse a manifestar al mundo desde la cotidianidad de la vida, que otro mundo es posible porque sí que hay una alternativa.

Ser Dominico, es encarnar la Verdad, es manifestar que es posible un mundo de amor y justicia, de paz y felicidad; en donde impere la bondad, la libertad para hacer el bien, el amor a los últimos y el perdón que hace visible y creíble al Creador.

Ser Dominico, es una forma de vida en donde se busca la santidad, como un camino para andar y llegar a una meta, que gusta y disfruta una vida que nos lleva a la felicidad verdadera: Dios Trino.

Ser Dominico, es ser Hijos e Hijas de santo Domingo. Hombres y Mujeres que nos atrevemos a vivir algo de la bondad, la libertad, la compasión, la alegría que nuestro Padre introdujo en la Orden de Predicadores.

Ser Dominico, es hacer más creíble a un Dios Comunidad de Amor, que es Verdad estudiada, misericordia vivida y contemplada, que es el fundamento de nuestra Esperanza.


¡Feliz Día de Nuestro Padre Santo Domingo!


viernes, 15 de febrero de 2013

Una OPción de vida... DISCERNIMIENTO!!!


Relataré la magnífica experiencia de mi discernimiento vocacional y como Dios me preparó, para tomar la decisión de ingresar a la Orden Dominicana.

Con mucho anhelo y entusiasmo, inicié el proceso de discernimiento vocacional, pues tenía la convicción de que ahí, encontraría las herramientas adecuadas para vislumbrar la inquietud vocacional, que Jesucristo puso en mi corazón, hacia el sacerdocio como Fraile. A partir de ese momento descubrí y aprendí mucho del camino que Jesús quería para mí, pues me habló desde el corazón, comprendí  que era un camino lleno de amor, pureza y sacrificio y a la vez me di cuenta, de que dicho camino solo era posible con la ayuda y fuerza que Dios iba concediendo con el paso del tiempo, pues somos débiles y nuestras fuerzas no son suficientes.

Con angustia de pensar en dejar mi amada familia y el dejar el sueño de ser un profesional, dejar la posibilidad de tener una pareja, remé mar adentro y lancé mis redes con Jesús, pues ahora sé que él está conmigo y no quiere que yo tema. El abandonarme en su voluntad fue difícil, ya que desprenderse de los sueños y cosas que humanamente amamos en ocasiones nos apegan a cosas temporales, quitando libertad para decir al Señor  ‘aquí estoy señor, quiero hacer tu voluntad’. ¿Qué te puede salir mal, si pones de primero al Señor en tus proyectos? No sé tú, pero yo sé que tu vida transcurrirá y reposará en paz y felicidad. Pues Dios nos ha dado un corazón insaciable, para que solo su amor y gracia lo llene, entonces que su gracia nos baste.

Que bello saber que somos hombres de la gracia de Dios, pues nos da la certeza de que él nos capacita en el porvenir, así que ánimo- hazlo tú también- la ganancia es inmensa y la pérdida insignificante, cuantas bendiciones nos esperan.

Hoy me siento muy animado, y con muchas ganas de seguir, tengo muy presente de que la santa perseverancia la voy a necesitar muchísimo, y que mis ojos deben poner la mirada fija en Cristo, para encontrarme con él, ya que vendrán pruebas, sufrimientos y tribulaciones, en los que queremos dejar todo atrás y desistir, pero es importante atravesar esos momentos, así maduramos en fe y después viene la bendición que el Padre nos regala. Muy consciente debo buscar tenazmente la santidad, para santificar,  a los que Dios pone en mi camino.

¡Y SI EN TU CORAZÓN SIENTES QUE HACES LO CORRECTO, NAVEGA NUEVOS MARES CON CRISTO¡
¡NO VALE LA PENA, VALE LA VIDA, CRISTO te ama y te llama!

domingo, 13 de enero de 2013

Y EL BAUTISMO LE CAMBIÓ LA VIDA.


Hola Amig@s: El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús bautizándose. Sí, ¡bautizándose! Y es obvio que a Jesús no le hacía falta abrir esa conexión directa con Dios. Él ya era Hijo de Dios. Pero se bautizó. El Evangelio le muestra bautizándose en medio de la multitud. Ni siquiera es una celebración de esas individuales que tanto le gustan a algunas familias que no desean mezclarse con la masa. Jesús se bautiza. Y ese rito le lleva a la oración que le hace consciente de alguna manera de su especial relación con Dios, con su Padre, al que desde entonces llamará “Abbá”, que traducido viene a ser algo así como “papito”.

Es que Jesús –no hay que olvidarlo– era plenamente hombre, hombre con todas las consecuencias. Cuando Dios se encarna –lo que hemos celebrado en estas Navidades–, lo hace con todas las consecuencias. También Jesús necesitó crecer e ir haciendo suya poco a poco su propia identidad, como hemos hechos todas las generaciones de hombres y mujeres que en el mundo ha habido, hay y habrá. Su bautismo marca ese momento en el que Jesús toma conciencia de lo que es y de su misión. Hay un antes y un después en su vida. A partir del bautismo, comienza otra vida para Jesús. Ya sabemos a dónde le condujo esa especial relación con Dios, su Padre, su Abbá.

El sacramento del Bautismo es, debería ser, mucho más que un rito con efectos inmediatos y milagrosos. El rito no es más que el momento en que se celebra lo que en realidad debería ser un proceso largo, de años, en el que el niño o la niña va creciendo y asumiendo su condición de creyente en Jesús, en su Evangelio. Tal y como lo celebramos hoy en día, el bautismo no es más que el rito que señala el inicio de ese proceso. Y, me atrevería a decir, el sacramento de la confirmación debería marcar un cierto final de ese proceso. Pero ese es otro cantar (sobre todo porque para muchos desgraciadamente la confirmación marca el fin de su relación con la iglesia y con la fe).

Y el Bautismo le cambió la vida

A Jesús su bautismo le llevó a un cambio de vida profundo. A partir de aquel momento dejó de ser un personaje anónimo para comenzar a ser aquel que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”, como dice la segunda lectura. Su bautismo fue fruto posiblemente de su encuentro con las escrituras, con la Palabra.

Seguro que leyó y meditó en su corazón muchas veces el texto de Isaías que se recoge en la primera lectura de hoy. Le define a él, define su estilo de vida, su forma de comportarse, su forma de revelar y manifestar a todos el amor de Dios, de su Abbá. Conviene releerlo con tranquilidad porque también define lo que debería ser nuestro estilo de vida como discípulos suyos.

Viene todo esto a concluir en que deberíamos revisar nuestra idea del bautismo. Y también nuestras celebraciones. Y nuestra forma de prepararlas. Y de vivirlas y asumirlas personalmente. Para que el bautismo marque realmente la vida de la persona. Para que la persona sea consciente de lo que hace. Y lo haga porque realmente quiera.

El bautismo no nos añade una especial protección de Dios. Ésa la tenemos siempre con nosotros. Su amor no nos fallará. Por supuesto. El bautismo es otra cosa, significa nuestra incorporación voluntaria a la comunidad cristiana, nuestro compromiso de ser discípulos suyos y de vivir de acuerdo con su Evangelio. En el bautismo Dios bendice ese compromiso. Pero si no hay compromiso, no hay nada que bendecir...

Que así sea.

domingo, 29 de julio de 2012


Hola Herman@s: Todos sabemos lo que significa el pan. Entre otros aspectos, nos trae connotaciones de bienestar. Nos recuerda que, el trabajo, nos procura aquello que más necesitamos para seguir adelante: el pan de cada día.

El sabor a pan marca también el evangelio de este domingo. El secreto de la generosidad no está en la abundancia sino en la bondad del corazón. Constantemente nos encontramos con personas acaudaladas que son inmensamente tacañas y, por el contrario, con gente con escasos recursos económicos que son tremendamente espléndidos.

Y es que, la buena voluntad, es lo que nos hace grandes, solidarios, cercanos y sensibles a las carencias de los demás. Cuando existe la buena voluntad, está asegurado el primer paso para alcanzar un corazón grande. Es el todo, aun teniendo poco.

Para muestra un botón; un Jesús consciente de la necesidad de aquellos que le escuchaban. Eran personas con hambre de Dios pero, como humanos, con ganas de pan recién amasado. Las dos carencias, supo y quiso satisfacer con mano providente. Jesús les dio el pan del cielo y les multiplicó a manos llenas el pan que requerían para seguir viviendo.

¿Qué hubiera ocurrido con aquellas personas si Jesús no hubiera salido al frente de aquella necesidad? ¿Hubieran desertado? ¿Se hubieran quedado famélicos y decepcionados? Tal vez. Pero, el Evangelio, nos habla del auxilio puntual de Jesús. En su mano se encuentra la bondad misma de Dios. Es un Dios que salva al hombre de sus angustias.

Que aprendamos esta gran lección: la felicidad no reside tanto en el tener cuanto en el compartir. Cuando se ofrece, el corazón vibra, se oxigena, se rejuvenece. ¿Sirve, al final de la vida, un gran patrimonio que no ha estado inclinado o abierto al servicio de alguien o de una buena causa cristiana?

Todos, cada día, debiéramos de mirar nuestras manos. No para que nos lean el futuro, cuanto para percatarnos si –en esas horas- hemos realizado una buena obra; si hemos ofrecido cariño; si hemos desplegado las alas de nuestra caridad; si hemos construido o por el contrario derrumbado; si nos hemos centuplicado o restado en bien de la justicia o de la fraternidad.

Si, amigos. Cada día que pasa, cada día que vivimos es una oportunidad que Dios nos da para multiplicarnos, desgastarnos y brindarnos generosamente por los demás.

Al fin y al cabo, en el atardecer de la vida, nos examinarán del amor. Dejarán de tener efecto nuestras cuentas corrientes. Nuestras inversiones. Nuestros apellidos y nobleza. Nuestra apariencia y riqueza….y comenzará a valer, su peso en oro, las manos que supieron estar siempre abiertas.

Que así sea.

jueves, 7 de junio de 2012


Hola Amig@s: A lo largo de los siglos y, aún hoy, se han llenado miles de páginas con el fin de entender el Misterio que hoy celebramos. Pero no es suficiente con hacer cálculos y demostraciones. Es necesario ver el sentido, el “para qué” del Dios Trino. Más allá de la lógica formal encontramos un Dios derramándose sobre nosotros, abrazándonos, besándonos…

Por tanto, la clave para entender en qué consiste la Trinidad no es más que la relación que existe entre ellos, pues las palabras que utilizamos para referirnos a ellos ya son relación. El Verbo es la Palabra, la expresión, el diálogo de Dios y el Espíritu Santo es el amor de los dos, es inspiración, aliento, beso, gemido, suspiro de Dios, no es sino el susurro de dos que se aman.

La relación mutua es tan profunda y radical que hacen que lleven a la unidad y se conviertan en un solo Dios-comunión, en un solo Dios-amor y en un solo Dios-relación. Como dice Ernesto Cardenal, este es el dogma del amor.

El misterio de que Dios no es solo, de que es Unión, y comunión, y comunidad, y familia. Dios es amor pero no un amor egoísta sino de entrega; no es amor propio sino mutuo, porque Dios es Mutuo. Si Dios fuera solo Unidad sería totalmente solo, sin generación, estéril. Esta es la clave que nos debe llevar al entendimiento y sobre todo a hacer vida esto que creemos ya que nuestra fe no es una fe de misterios sino de un único misterio el de la solidaridad y donación de Dios a la creación y concretamente a nosotros, al ser humano. Así de sencillo. 

Ante este misterio del Dios único conviene la actitud de los discípulos que aparece en el evangelio. Hay una traducción aceptada por los críticos que dice así: “Al verlo, lo adoraron; ellos que habían dudado”. Nosotros, como los discípulos, hemos dudado de Dios, le hemos abandonado buscándonos otros diosecillos o buscándonos a nosotros mismos. Hemos sido infieles. Pero siempre tenemos una oportunidad para volvernos hacia él, para reconocerle como nuestro único Dios y para adorarle. ¿Por qué no hoy? Ellos vivieron una transformación interior que les hizo pasar de la duda a la adoración. Esa transformación también es posible para mí en el día de hoy.

Que así sea.

sábado, 19 de mayo de 2012


Hola Amig@s: Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo, han de “hacer discípulos” que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser “testigos” de lo que han vivido junto a él. Marcos lo resume todo diciendo que han de “proclamar el Evangelio a toda la creación”.

El mandato de Jesús es para todos: “proclamar el Evangelio a toda la creación” de que Jesús está vivo, ha resucitado. Anunciad que Dios nos ama. Que estamos redimidos, que estamos salvados”; una buena noticia que hace falta que la conozcan todos, y todos la acepten.

La tarea es ardua y urgente; pero Jesús ha prometido su ayuda: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin”. Esa es la gran esperanza y la gran confianza: no estamos solos.

La Iglesia ha comenzado; el Reino de Dios ha comenzado con Jesús, pero aún está pendiente de su culminación. Tarea que Jesús nos ha dejado como encargo.

Por eso me atrevo a decir: que la descripción que hace el evangelio hay que interpretarla de una manera simbólica. No es que Jesús “subiera” a ninguna parte, porque el cielo no es un lugar, sino una situación distinta: es estar junto a Dios; y Dios no está ni arriba ni abajo. Es una manera de hablar que significa que Jesús ya no está corporalmente entre nosotros. Su vida terrenal ya acabó. Lo mismo que terminará la nuestra, y tendremos la oportunidad de gozar de la cercanía de Dios. 

Por tanto, nos movemos siempre en el gran misterio de Dios, pero también en la virtud de la fe y de la esperanza. Jesús murió, resucitó y está en el cielo. Nosotros moriremos, resucitaremos y esperamos estar en el cielo. Jesús es el Hijo primogénito del Padre, que nos marca el camino. El camino es toda su vida. Para nosotros el camino es seguir a ese Jesús.

Que así sea.

domingo, 6 de mayo de 2012


Hola Amig@s: Según el relato evangélico de Juan, en vísperas de su muerte, Jesús revela a sus discípulos su deseo más profundo: "Permaneced en mí". Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Si no se mantienen vitalmente unidos a él no podrán subsistir.

Las palabras de Jesús no pueden ser más claras y expresivas: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido y vivido junto a él, su vida será estéril. Si no viven de su Espíritu, lo iniciado por él se extinguirá.

Jesús emplea un lenguaje rotundo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". En los discípulos ha de correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. "El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada". Separados de Jesús, sus discípulos no podemos nada.

Jesús no solo les pide que permanezcan en él. Les dice también que "sus palabras permanezcan en ellos". Que no las olviden. Que vivan de su Evangelio. Esa es la fuente de la que han de beber. Ya se lo había dicho en otra ocasión: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida".

Por tanto, el domingo pasado se hablaba de un solo rebaño, hoy nos habla de una sola vid. No dice que Jesús sea la cepa y los discípulos los sarmientos como realidades separadas. Jesús y los discípulos constituyen una sola realidad viva.

Ser vid significa estar unido no solo a Jesús y a Dios, sino a los demás sarmientos. Si me separo de otro sarmiento que está unido a la vid, me tengo que separar de la vid. Esa es la experiencia pascual que tiene que continuar hoy en nosotros.

Todos participamos de la misma Vida de Dios que descubrimos gracias a Jesús. La Vida es una sola; al participar de ella tomamos conciencia de que formamos una unidad con todos los hombres, con todo el cosmos y con Dios. La religión, o nos conduce a esa experiencia de unidad o se queda en programación externa que ni nos enriquece ni nos salva.

Que así sea.

sábado, 28 de abril de 2012


Hola Herman@s: Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy la luz. Yo soy el camino. Yo soy el pan de vida… El evangelio de Juan define a Jesús con estos Yo soy que nos remiten al Éxodo, a la zarza ardiendo de Moisés. Hoy, en este evangelio que hemos proclamado, Jesús se define como “Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, que conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.

Jesús es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama, nos cuida, nos guía y siente lástima de los que andan como ovejas sin pastor.

Si Jesús se define como el Buen Pastor es porque hay malos pastores. Los contratados, los funcionarios, todos aquellos para quienes el rebaño del único Pastor no lo consideran suyo y ejercen su ministerio más como un modus vivendi que como servicio al rebaño de Jesús.

En este mundo lleno de ruidos y de voces, de opiniones e interpretaciones de lo divino y de lo humano, ¿cómo distinguir la voz del Buen Pastor de la voz de los pastores?

Jesús es el Buen Pastor y es también la puerta del redil, puerta para entrar y salir porque Jesús no nos ata, nos deja y nos quiere libres.

Jesús nos invita a salir de Egipto, tierra de la esclavitud y de la muerte y nos invita a entrar en la tierra prometida, tierra del perdón y de la vida, puerta de la Resurrección “y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Nosotros, los aquí reunidos, aceptamos a Jesús como nuestro único Buen Pastor, venimos a la iglesia a escuchar su voz para poderla distinguir de las otras voces, para que nuestro yo egoísta e idólatra no tape la voz de Jesús y para que las maravillosas seducciones del mundo no eclipsen la voluntad de Dios. Escuchar a alguien es signo de amor.

Jesús tiene otras ovejas que no son parte de su rebaño. Cada día son más en nuestro país, en nuestras familias, las personas que salieron por la puerta del redil en busca de otros pastores.

No nos toca a nosotros anatematizar, juzgar y excluir. Sólo Jesús es juez y nos llama a abrir la puerta de su redil a todos. Las iglesias atrincheradas en sus reductos tienen que superar sus seguridades, renunciar al monopolio de la verdad y ser puertas abiertas a todos. Tal vez Dios sea la oveja pérdida que nosotros hemos echado fuera y tenemos que buscar para ser verdadera iglesia de Jesús.

Que así sea.

viernes, 20 de abril de 2012

Hoy necesito más de ti.


Hola Amig@s: Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda mudo. Se convierte en testigo.

Los discípulos de Emaus “contaban lo que les había acontecido en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». María de Magdala dejó de abrazar a Jesús, se fue donde los demás discípulos y les dijo: “he visto al Señor”. Los once escuchan invariablemente la misma llamada: “Vosotros sois testigos de estas cosas”; “como el Padre me envió así os envío yo”; “proclamad la Buena Noticia a toda la creación”.

La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. Esos creyentes que pueden hablar en primera persona. Los que pueden decir: “esto es lo que me hace vivir a mí en estos momentos”. Pablo de Tarso lo decía a su manera: “ya no vivo yo. Es Cristo quien vive en mí”.

El testigo comunica su propia experiencia. No cree “teóricamente” cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive “algo” que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte.

Su unión con Jesús resucitado no es una ilusión: es algo real qué está trasformando poco a poco su manera de ser. No es una teoría vaga y etérea: es una experiencia concreta que motiva e impulsa su vida. Algo preciso, concreto y vital.

El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, “hace discípulos” de Jesús.

El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

domingo, 11 de marzo de 2012

SEGUIDORA FIEL DE JESUS


Hola Amig@s: Hoy te hablare un poco de una persona importante para nuestra vida como cristianos. Quiero comenzar diciendo que los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el "Magníficat" brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

domingo, 12 de febrero de 2012


Hola Herman@s: Al oír la primera lectura y la explicación sobre las consecuencias sociales y religiosas de la lepra en tiempos de Jesús, nos quedamos horrorizados. Pero pensándolo un poco, ¡qué hipócritas somos! ¿Acaso no mantenemos hoy dosis de marginación mayores que las del tiempo de Jesús?

Jesús se pone al servicio del hombre. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley, sea humana o divina. Jesús se salta a la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre.

El valor de cada persona es absoluto en sí, no depende de ningún aditivo ajeno a ella misma. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley, que el acercamiento al marginado.

También seguimos teniendo una actitud contraria a la de Jesús, cuando consideramos a otros ‘apartados’ de Dios porque han ‘pecado’, o nos sentimos nosotros mismos apartados de Dios porque no hemos cumplido con las normas. Como para los fariseos del tiempo de Jesús, la ley sigue estando por encima de las personas.

Seguimos temiendo a un Dios, que sólo nos acepta cuando somos puros. Seguimos creyendo en un Dios legislador y leguleyo. Ese no es el Dios de Jesús. No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu que es mucho más dañina que la del cuerpo.

Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús, es sobre todo buena noticia sobre Dios. El Dios de Jesús es Padre y es Madre porque es Amor. De Él, nadie nunca se tiene que sentir apartado, excluido.

La experiencia de ser aceptado por Dios, es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.

Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Este paso tendríamos que dar si de verdad somos cristianos.

Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!

Que así sea.

sábado, 22 de octubre de 2011

EL LOGOS GLORIOSO EN JESUCRISTO



14 Y el Logos se hizo carne / y permaneció entre nosotros / y vimos su gloria,
Gloria de Hijo único / (enviado) de junto al Padre, / lleno de la gracia de la verdad.


El versículo 14 mantiene la unidad entre sus dos estiquios, básicamente, por la palabra “gloria”. Él habla de la última etapa de Dios comunicándose. El Logos, del que se había hablado al inicio del prólogo, se temporalizó, precisamente para tener una especial comunicación con el género humano. Es verdad que desde antiguo Dios se ha manifestado, pero la encarnación hace que haya unos cambios: una presencia de la carne en la creación, lo cual permite un encuentro y que ahora hemos observado la gloria de Dios.


Y el Logos se hizo carne


El verbo conjugado “se” designa la llegada de Logos a la historia humana. Por su lado, el verbo “hizo” da clara alusión que la carne asumida por el Logos no es una mera apariencia, como sostenía el docetismo, sino que en verdad en Jesús se encuentran dos naturalezas: la divina y la humana. En esta oración la palabra carne, que remplaza la idea de humanidad en su conjunto, no tiene un sentido peyorativo, sino que trata de dar cuenta la nueva presencia que tiene el Logos en el mundo, además que le permite, por cuestiones de redacción, diferenciar a Jesús de Juan, el cual había aparecido en anteriores versículos. Por otro lado, la palabra “carne” simplemente puede designar la fragilidad humana, nuestra tendencia al pecado y nuestra mortalidad.


A pesar de ello sabemos que el Logos sigue siendo Logos. Si bien, se ve afectado por la encarnación en la relación que tiene con sus creaturas. La encarnación es un hecho magnífico y contradictorio, no sólo para los judíos, sino para muchas religiones que siempre concebían la irrupción de la divinidad en la tierra como algo majestuoso, no como un hombre corriente. Con la encarnación hay una clara exaltación de la carne y de la condición humana. Así el Logos muestra el amor y la comunicabilidad de Dios.

Y permaneció entre nosotros


“Permanecer” en griego puede referirse a varias cosas. Según esto se puede interpretar con distintas tradiciones de los judíos. Tal es el caso de la connotación “plantas tu tienda”. Aquí se relaciona con el camino por el desierto del pueblo de Israel al salir de la esclavitud en Egipto. También le adjudican alguna relación con las tiendas en la fiesta de los tabernáculos. Por otro lado, la palabra “nosotros” designa un “todos”, especialmente los creyentes en Jesucristo.


Y vimos su gloria


Cuando san Juan pone el verbo conjugado “vimos”, seguramente se está refiriendo a los testigos de la vida de Jesús. Esta característica es condición para la gloria a la cual se hace referencia en este versículo. En efecto, la gloria de Dios era detectada a través de toda la vida de Jesús. Las palabras, las acciones y las enseñanzas de Jesús eran fiel signo de la gloria del Logos, que no es más sino “Dios en epifanía” (p. 95). En el evangelio se puede reconocer esto en la encarnación, el bautismo y la resurrección.

Gloria del Hijo Único de junto al Padre


Esta oración tiene especial dificultad para una buena traducción por la variación de significados en el griego, entre otras razones. Tal es el caso de “Hijo Único” que puede referirse a un alguien único en su género y en su especie o, simplemente, el único descendiente de una pareja. Esta frase en el evangelio de Juan tiene gran importancia porque desde aquí el Logos pasará a llamarse Hijo y Dios a referirse al Padre. Si bien Jesús proviene del Padre (Cf. Jn 16, 27), él irradia su propia gloria como parte de la Trinidad.


Lleno de la gracia de la Verdad


Jesús está lleno de la gracia, esto es lo que le permite repartirla, darla a los demás. Lo que causa atención es la palabra verdad que se puede referir a la naturaleza de la gracia o a la verdad del conocimiento de Dios.


15 Juan le da testimonio y grita: “Era él de quien dije: “El que viene tras de mí está por encima de mí, porque era antes de mí.


Dentro de la cohesión de todo el texto parece que este versículo es una añadido. Lo más probable es que está influenciado por personas que consideraban a Juan más importante, en el sentido que exigían una cita expresa los otros cristianos para determinar la supremacía de Jesús.
16 Sí, de su plenitud hemos recibido todos: gracia por gracia; 17 pues la Ley fue dada por Moisés, la gracia de la verdad fue por Jesucristo.


Aquí “todos” quiere decir la comunidad, pues es necesaria la fe para poder encontrar la plenitud en Cristo. Por esta fe y en especial por el bautismo todos participamos de la gloria de Jesús. Cuando se dice “gracia por gracia” puede tener conexión con el siguiente versículo en que hay una continuidad entre de Moisés a Jesús, y de allí se van recibiendo las gracias.


18 A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, Dios que está hacia el seno del Padre, ése lo ha contado.


Cuando se habla de ver a Dios, se habla explícitamente de tener a Dios cara a cara. De alguna esta es el mayor deseo del creyente. El hombre no lo puede ver porque no es santo. Pero por Jesucristo Dios se hizo visible. Ahora ya no es como en la antigüedad que Dios se dejaba ver de espaldas.


Debido a esta imposibilidad del hombre para ver a Dios, Jesús es el único mediador, es el unigénito, como Logos puede contar a Dios, puede decir algo de Él. Para Jesús no es extraño el Padre, sino que pertenece a su constitución estar cerca del Padre. Para los creyentes el ver pertenece al final de los tiempos y en el escuchar hay una tensión entre el no, pero sí. Jesús puede dar veracidad de sus palabras por el mismo hecho de su conocimiento del Padre.


Aún con todo lo anterior encontramos en el prólogo una ausencia del tema de la crucifixión y de la redención de los pecados. Por el contrario el Prólogo “enseña que la gloria del Hijo único se ha manifestado y que sólo ella es la que da sentido a la historia.” (p. 111)

Por: Fray Yefrey Antonio Ramirez, OP.

sábado, 2 de julio de 2011

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”


Esa extraña virtud llamada “mansedumbre”. He querido buscar en el Diccionario de la Academia y he encontrado que “mansedumbre” viene de “manso”. Busco manso y me dice “suave, benigno”. Luego me arrepentí, no porque tenga nada contra la Real Academia, sino porque la mejor versión de manso y mansedumbre la debía buscar en mí mismo.

En mi corazón. Allí anduve rebuscando y me di cuenta de que estaba allá en el fondo, pero muy por debajo de una serie de violencias, agresividades, rabietas, resentimientos. Y recién entonces me acordé que la mansedumbre no era precisamente fruto de mi personalidad o carácter, sino un don del Espíritu. Abro la Carta a los Gálatas en el capítulo cinco y leo: “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”.

Que hay temperamentos tranquilos, de esos incapaces de romper un plato, los hay. Y la verdad que esa mansedumbre no me gustaba para nada. Eso me parecía como quien no tiene sangre en las venas y aguanta todo lo que le viene encima. Y entiendo que la mansedumbre del corazón tiene su origen en ese regalo y presencia del Espíritu, incluso en aquellos que temperamentalmente pueden parecer agresivos. Y que tiene un cortejo de dones que la hacen posible.

Que no hay mansedumbre si no nace del amor. Que no hay mansedumbre si no va acompañada de la alegría. Que no hay mansedumbre si no tiene como hermanas gemelas la “paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad y la humildad”.

Y entonces me acuerdo de Pablo, fuerte de carácter y que luego escribe con la ternura de las lágrimas, que pide y ruega tiernamente para que reciban al que un día fue esclavo, que lo reciban como si lo recibiesen a él. Que se calienta con Pedro y lo llama mentiroso. Y luego se echa a llorar cuando se despide por última vez de los de Mileto.

Y sobre todo, leo el Evangelio de hoy y escucho a Jesús que se nos presenta como modelo de mansedumbre: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Un Jesús que arremete con látigos a los profanadores del Templo, y luego se enternece ante viejita que le sigue gritando por el camino para que la atienda.

La mansedumbre es una actitud del corazón. No una pasividad inútil. La mansedumbre es esa bondad del corazón que es capaz de comprender las miserias y debilidades de los demás.

Vivimos en un mundo demasiado violento. Donde la mansedumbre se considera debilidad. Donde preferimos la violencia de los gritos al silencio de la paz. Donde preferimos el silbido de las balas al silencio del corazón. Un mundo lleno de violencia en las palabras. Lleno de violencia y agresividad en el hogar. Lleno de violencia y agresividad en las campañas electorales. Lleno de violencia y agresividad donde no aguantamos a nadie.

Hasta el deporte está lleno de violencia. ¡Cuántas grescas en los campos de fútbol! No entiendo que para poder jugar ciertos partidos necesitemos de tres mil policías. Como no entiendo la violencia que existe hoy entre los esposos. Ni entiendo la violencia que llaman de “género”, palabra que la Academia dice que no debe usarse.

Para convivir necesitamos de la mansedumbre, la bondad del corazón, la suavidad de nuestras palabras. Para aceptar a los demás como son y que son distintos a uno y piensan distinto a uno necesitamos de la mansedumbre. Y no es que perdamos las energías y las fuerzas para enfrentar la realidad de las cosas.

Pero ¿estará en contradicción esta energía con la mansedumbre que nos invita a una relación amistosa de personas?

¡Qué bueno que sería que cada uno nos acercásemos a Jesús, el hombre manso y sencillo y humilde de corazón para que se nos pegase algo de su mansedumbre! ¡Qué bueno que sería que cada uno pudiésemos decir a los demás venid a mí, acercaos que no muerdo a nadie!

¡Qué bueno sería que, algún día, hubiese en el mundo un poco más de mansedumbre, aunque no sea sino en nuestras palabras! ¡Y lo digo por mí, que no siempre soy ejemplo de mansedumbre, con aquellos que me caen pesados, y a veces los mando lejos, o sencillamente no estoy de humor!

sábado, 11 de junio de 2011

MIRA MI MEDIOCRIDAD... SEÑOR


Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés.

¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi vida está llena de todo, menos de Ti. Cogido por las ocupaciones, trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre de tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de cada día. Mi pobre alma es como «un inmenso almacén» donde se va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.

Y luego, esa experiencia que se repite una y otra vez. Llega un momento en que ese ruido interior y ese trajín agitado me resultan más dulces y confortables que el silencio sosegado junto a Ti.

Dios de mi vida, ten misericordia de mí. Tú sabes que cuando huyo de la oración y el silencio, no quiero huir de Ti. Huyo de mí mismo, de mi vacío y superficialidad. ¿Dónde podría yo refugiarme con mi rutina, mis ambigüedades y mi pecado?

¿Quién podría entender, al mismo tiempo, mi mediocridad interior y mi deseo de Dios?

Dios de mi alegría, yo sé que Tú me entiendes. Siempre has sido y serás lo mejor que yo tengo. Tú eres el Dios de los pecadores. También de los pecadores corrientes, ordinarios y mediocres como yo. Señor, ¿no hay algún camino en medio de la rutina, que me pueda llevar hasta Ti? ¿No hay algún resquicio en medio del ruido y la agitación, donde yo me pueda encontrar contigo?

Tú eres «el eterno misterio de mi vida». Me atraes como nadie, desde el fondo de mi ser. Pero, una y otra vez, me alejo de Ti calladamente hacia cosas y personas que me parecen más acogedoras que tu silencio.

Penetra en mí con la fuerza consoladora de tu Espíritu. Tú tienes poder para actuar en esa profundidad mía donde a mí se me escapa casi todo. Renueva mi corazón cansado. Despierta en mí el deseo. Dame fuerza para comenzar siempre de nuevo; aliento para esperar contra toda esperanza; confianza en mis derrotas; consuelo en las tristezas.

Dios de mi salvación, sacude mi indiferencia. Límpiame de tanto egoísmo. Llena mi vacío. Enséñame tus caminos. Tú conoces mi debilidad e inconstancia. No te puedo prometer grandes cosas. Yo viviré de tu perdón y misericordia. Mi oración de Pentecostés es hoy humilde como la del salmista: «Tu Espíritu que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142, 10).

sábado, 9 de abril de 2011

YO SOY LA VIDA Y LA RESURRECCIÓN... Dice el Señor.

La Cuaresma termina con una invitación a la vida. Primero fue el agua, luego la luz y ahora la vida. No cualquier vida, sino la vida de verdad, la vida que ha vencido a la muerte. La historia de Lázaro es toda una catequesis sobre la fe, la muerte y la vida.

La muerte será siempre una historia de dolor y lágrimas. Ante ella todos sentimos nuestra impotencia. Queremos que el enfermo sane y viva. La ciencia médica hoy puede alargar unos años nuestra vida, pero al fin la muerte termina venciendo al enfermo y, también, a la medicina.

Con frecuencia, nuestra impotencia ante la muerte, termina en una cierta desilusión sobre Dios. Fue la historia de Marta y María, las hermanas de Lázaro. Jesús era amigo de la familia, pero no vino a sanarlo. La consiguiente desilusión de las hermanas y una desilusión que es también una queja: “Si hubieses estado aquí, no hubiera muerto mi hermano.” Le culpan de la muerte del hermano, algo que también a nosotros nos suele suceder. Nos sentimos gente buena, le hemos orado y pedido. Y la muerte como que se ríe de nosotros y de nuestras oraciones. Entonces vienen nuestras quejas contra Dios: “Dios no me ha escuchado.”

Jesús quiere abrirlas a la esperanza: “Lázaro resucitará.” Pero ellas piensan en la resurrección al final de los tiempos y es cuando Jesús se presenta a si mismo como la resurrección ya y ahora. “Yo soy la resurrección y la vida.” “Para resucitar no hay que esperar tanto. Yo mismo soy la resurrección y yo mismo soy la vida.” Pero ellas siguen pensando en el más allá.

Cuando Jesús se acerca al sepulcro, ellas mismas tratan de convencerle de que no hay nada que hacer. “Ya huele mal.” Es decir, está ya en estado de corrupción. Por tanto, está bien muerto. “¿No te he dicho que si crees...?”

Jesús no hace los milagros para que creamos, exige fe para que el milagro sea posible. Es entonces que Jesús quiere hacerles ver la “gloria de Dios”, es decir, la verdadera manifestación del poder de Dios. “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?” Dios manifiesta su poder venciendo a la muerte, no sanando al enfermo, que también lo pueden hacer los médicos. Dios hace lo que nosotros no podemos hacer, vencer la muerte.

La muerte puede ser el fracaso humano, pero la muerte es el triunfo de Dios. Si Dios manifestó su gloria resucitando a Jesús, ahora la manifiesta resucitándonos a nosotros. Los fracasos humanos terminan siendo los triunfos divinos. Ahí está el fracaso de Jesús en la Cruz, pero ahí está luego el triunfo de Dios en la Resurrección.

sábado, 26 de marzo de 2011

Un momento de la conversación...

Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob, en las cercanías de la aldea de Sicar. Pronto llega una mujer samaritana a apagar su sed. Espontáneamente, Jesús comienza a hablar con ella de lo que lleva en su corazón.

En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios. Los samaritanos suben al monte Garizim cuya cumbre se divisa desde el pozo de Jacob. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? ¿Qué piensa el profeta de Galilea?

Jesús comienza por aclarar que el verdadero culto no depende de un lugar determinado, por muy venerable que pueda ser. El Padre del cielo no está atado a ningún lugar, no es propiedad de ninguna religión. No pertenece a ningún pueblo concreto.

No lo hemos de olvidar. Para encontrarnos con Dios, no es necesario ir a Roma o peregrinar a Jerusalén. No hace falta entrar en una capilla o visitar una catedral. Desde la cárcel más secreta, desde la sala de cuidados intensivos de un hospital, desde cualquier cocina o lugar de trabajo podemos elevar nuestro corazón hacia Dios.

Jesús no habla a la samaritana de «adorar a Dios». Su lenguaje es nuevo. Hasta por tres veces le habla de «adorar al Padre». Por eso, no es necesario subir a una montaña para acercarnos un poco a un Dios lejano, desentendido de nuestros problemas, indiferente a nuestros sufrimientos. El verdadero culto empieza por reconocer a Dios como Padre querido que nos acompaña de cerca a lo largo de nuestra vida.

Jesús le dice algo más. El Padre está buscando «verdaderos adoradores». No está esperando de sus hijos grandes ceremonias, celebraciones solemnes, inciensos y procesiones. Lo que desea es corazones sencillos que le adoren «en espíritu y en verdad».

«Adorar al Padre en espíritu» es seguir los pasos de Jesús y dejarnos conducir como él por el Espíritu del Padre que lo envía siempre hacia los últimos. Aprender a ser compasivos como es el Padre. Lo dice Jesús de manera clara: «Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu». Dios es amor, perdón, ternura, aliento vivificador..., y quienes lo adoran deben parecerse a él.

«Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Volver una y otra vez a la verdad del Evangelio. Ser fieles a la verdad de Jesús sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Después de veinte siglos de cristianismo, ¿hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?

viernes, 4 de marzo de 2011

LA FUERZA QUE NOS DA EL EVANGELIO...


Hola hermanos, despues de unas largas "vacaciones" nuevamente retomo mi labor como consagrado. El Evangelio de Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así, nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.

El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.

El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio, escuchado y practicado en las comunidades.

En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.

Hemos de creer mucho más en la fuerza transformadora del Evangelio. Las palabras de Jesús tienen más poder que nuestras doctrinas. Su Buena Noticia es más atractiva que todos nuestros sermones. ¿No ha llegado el momento de formar grupos, crear espacios, posibilitar encuentros en los que la gente de hoy tenga la oportunidad de entrar en contacto directo con el Evangelio para escuchar a Jesús y descubrir juntos su Buena Noticia?

Muchos que se sienten perdidos y viven sin esperanza podrían descubrir con alegría que no están solos, que pueden confiar en un Dios Padre y que pueden vivir con la esperanza de Jesús. Es lo que más necesitan.

sábado, 29 de enero de 2011

Es la gran pregunta y la verdadera cuestión del corazón humano: ser feliz.

Es la gran pregunta y la verdadera cuestión del corazón humano: ser feliz. ¿Quién nos lo podría asegurar y darle cumplimento? Es lo que el Evangelio de este domingo nos propone. Como un nuevo Moisés, Jesús subirá a la montaña para proclamar allí su pro¬grama de bendición. Por eso Jesús realiza una nueva creación, porque con su vida y su muerte, con su resurrección, ha posibilitado nuevamente y definitivamente el proyecto del Padre que el pecado humano había frustrado. El sermón de la montaña que escucharemos este domingo, no es sino la primera entrega de este volver a "decirse" de Dios en la boca de su Hijo, el bien-amado que hemos de escuchar.

Produce una sensación extraña ir escuchando estas ocho formas de felicidad que son las bienaventuranzas. Pero ¿puede hablarse hoy de felicidad... de una felicidad ver¬dadera y duradera? ¿No hay demasiadas contraindicaciones, demasiados dramas y os¬curidades que nos rebozan su desmentido? Jesús hablará de la felicidad de los pobres de espíritu (los humildes en sentido bíblico), de la felicidad de los afligidos, la de los mansos, la de los hambrientos y sedien-tos, de la felicidad de los misericordiosos, de la felicidad de los limpios de corazón, la de los pacíficos, la de los perseguidos por la justicia... Y por si fuera poco provocativo su mensaje, Jesús añadirá todavía una felicidad más desconcertante aún: la de los que su¬frirán insultos, persecución y maledicencia porcausa de Él.

No es fácil tampoco hoy el sermón de las bienaventuranzas, no porque nuestro corazón no se reconozca en ellas, sino porque nos parecen tan imposibles, tan distantes estamos de ellas, que la Palabra de Jesús nos resulta como nombrar la soga en la casa del ahorcado: o ¿es que no duele su mensaje de humildad, de mansedumbre, de paz, de limpieza, de misericordia... cuando seguimos empeñados -cada cual a su nivel correspondiente- en construir, en fomentar, en subvencionar un mundo que es arrogante, agresivo, violento, sucio, intolerante? Por esto son difíciles de escuchar las bienaventuranzas, porque nos ponen de nuevo ante la verdad para la que nacimos, ante lo más original de nuestro corazón y de nuestras entrañas humanas.

Las bienaventuranzas nos esperan, en lo pequeño, en lo cotidiano, en el prójimo más próximo, y nos vuelven a decir: la paz es posible, la alegría no es una quimera, la justicia no es un lujo a negociar. No os engañéis más, no os acostumbréis a lo malo y a lo deforme, porque nacisteis para la bondad y la belleza. Y san Agustín dirá: "nos hiciste, Señor, para ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti".

domingo, 16 de enero de 2011

La mirada del Bautista.


Nuestra cultura racionalista y técnica, que necesita prever y controlar todo, nos acostumbra a tener de antemano la respuesta a todo. Sirve, sin duda, para dominar la naturaleza, el reino de las leyes necesarias; pero no sirve para lo esencial de la vida humana, el reino de la libertad y de la esperanza, del sufrimiento y del sentido de la vida.

Recuerda alguna experiencia importante de tu vida que te ayudó a crecer en libertad, o alguna situación difícil que adquirió un sentido nuevo, más hondo. Verás cómo dependió de una actitud básica: la disposición confiada.

Si la viviste en clave de fe, te hizo comprender la centralidad que tiene en la Biblia la obediencia de fe a Dios, la entrega confiada a su voluntad.

Si lo viviste sólo en clave humana, te llevó a la misma sabiduría esencial: La vida no está en poseerla, sino en dejarse guiar por ella.

Insiste estos días, cuando hagas oración en tu cuarto o cuando vayas en el coche o por la calle, en decirle al Señor: «Aquí estoy para hacer tu voluntad».

¿Qué te nace por dentro?

- ¿Miedo? ¿No será que no te fías de Dios?

Fiarse no depende de que te empeñes en ello. Pregúntate, más bien, sobre tu imagen inconsciente de Dios. Es probable que sea bastante negativa, que sientas a Dios como amenaza. Será uno de los grandes frutos del Evangelio: descubrir a Dios-Padre.

- ¿Deseos de entrega radical, de hacer algo especial?

No tengas prisa. Esa buena disposición necesita ser fundamentada en algo más sólido que el deseo: la fe. Será también fruto del proceso de hacerse verdadero discípulo de Jesús.

- ¿Te sientes desconcertado? ¿No es así como entiendes tú el compromiso cristiano?

Allí donde el cristiano no pone por encima de todo la entrega a la voluntad de Dios, es que no ha entendido en qué consiste el Reino. En esta actitud básica se nos da la experiencia radical del Reino, pues consiste en abrirse a lo que Dios quiera, en aceptarle como Señor, en ser hijos que tienen su fuente de ser y de hacer en El, como Jesús.

domingo, 9 de enero de 2011

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.


“La cosa empezó en Galilea”. “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”.
«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

Hoy se manifiesta en Jesús la humanidad redimida, se presenta al Hijo de Dios, el amado. En el Jordán se nos revela quién es el Hijo de María, quién es el nacido en Belén, quién es el adorado por los pastores y agasajado por los Magos de Oriente. Jesús de Nazaret es el Hijo primogénito de Dios, quien nos concede, al participar en la gracia bautismal, la identidad de hijos adoptivos y amados de Dios.

El eco de la voz del cielo, en las profundidades del oasis de Jericó, llegará hasta lo más alto del monte. De la memoria que se guarde de la proclamación divina, va a depender la capacidad de cruzar todos los desiertos y angosturas de la vida con esperanza. La pedagogía del Evangelio nos indica cómo, antes de iniciar Jesús la vida pública, es refrendado por su Padre y por el Espíritu Santo, para que a la hora de llamar a los discípulos comprendan a quién siguen.

La iniciación bautismal no es un rito mágico, es una profesión de fe en el misterio de Dios, en su revelación histórica en Jesucristo, en las mediaciones sacramentales providentes y eclesiales, en la vida eterna. El bautismo es profesar el encuentro con Jesucristo, la gracia de pertenecer a los seguidores de quien se nos ofrece como Mesías, Amado de Dios, Hijo predilecto suyo. Los bautizados somos del Señor. Tenemos por herencia la suerte de Jesús.

Hoy se nos inicia en la experiencia de gloria, para saber interpretar la cruz, de luz para caminar en la noche, de belleza para transfigurar el momento de desesperanza, de Dios para reinterpretar toda la historia desde Él, de vida para atravesar la frontera de la muerte. Dios tiene poder para configurar nuestra humanidad con su divinidad, y para trastocar toda la escala de valores. Para Dios lo pequeño es grande; lo último, primero; la pobreza, anticipo de bendición; la obediencia, signo de libertad; la circuncisión del corazón, plenitud de amor.

Hoy tenemos posibilidad de renovar nuestro consentimiento bautismal, nuestra profesión más solemne, por la que se nos ha concedido la filiación divina, para siempre. Dios no retracta el juramento, somos suyos, del linaje de su Hijo, del Hijo de la Nazarena.